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Virtural Museum
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Aspectos Estéticos

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Cromofanías

Hablamos de campos desde posiciones de visión. Pensamos espacios desde posiciones de interés. El ángulo del objetivo. Que son posiciones de mirada. (Y estrategias de huida o exclusión). Leemos lo proyectado sobre el campo desde posiciones de escritura. Sobre redes de líneas y trazos, que generan mapas. Que sugieren o nombran figuras, que ocupan un lugar. Que hablan realidad hablando cosas. Agrupaciones de cosas. Leer es organizar posiciones. Y relaciones complejas entre posiciones y objetivo. La luz señala posiciones. (Más allá del mapa). Y los objetos iluminados sugieren relaciones de sombras. Composiciones de lenguaje. Archipiélagos.

Las posiciones de visión o de interés son posiciones filtradas, veladas. El filtro hace que el campo sea flexible. Atrapar esa flexibilidad es tender un nuevo velo sobre la parte hablada o leída de ese campo. Oficio de artista. O de poeta. El habla es sonido. O carencia de sonido. Música o silencio. Silencio para hacer perceptible el sonido ambiente. El lenguaje de las cosas, que atrapamos sobre el plano. Que pare la música y el ajetreo de cámaras. El trasiego de cables. (Aconseja el guionista). Que sólo silbe el viento. Que anticipa el soplo, la pasión que anida en el corazón del cineasta. Que la parafernalia del rodaje sea lo que es: tensión. Ante lo oculto. Misterio a desvelar. Que ordena acción el director de la obra. Desde dentro de la obra. Desde su particular posición de mirada. Y los objetos que anima esa mirada, sin sacarlos de contexto.

Que hable lo sublime, la voz cromática del hijo de Giotto

[Román Reyes]

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Lo que mis ojos vieron

La exposición que encontré: Debo comenzar esta historia sin olvidar una especie de historia de la mirada, esencial para pensar los fenómenos que producen o que traducen las obras de arte. Hace unos años, cuando era profesora de la Universidad Distrital, me encontré con un muchacho que vendía películas especiales que hacían parte de la categoría conocida como cine arte. A mis manos llegó por esos días Ararat (2002), película dirigida por Atom Egoyan. La vi, la he visto ya varias veces, y en varias ocasiones lo que siento que en definitiva llenó mi cabeza de sugerencias para vincular la producción artística con los procesos de resistencia o disidencia -en especial política- fue la vida artística de Gorki y por supuesto, la necesidad que tenemos los seres humanos de ver-nos en el cine. Saber que la memoria generadora de un artista no sólo es capaz, sino decidida y resuelta, para poner sus manos llenas de óleo sobre aquellas manos que apuntaron un botón de un corto abrigo raído, necesario para un buena foto, me decía varias cosas: la pintura es una traducción de la vida, y la vida es pintada porque nuestro cuerpo está allí, con su propia memoria, memoria del cuerpo, memoria de la madre ausente. Hablo de esta película, porque curiosamente, los sentimientos de los artistas -especialmenteante la guerra, las armas y los genocidios -en este caso el de Van-, se reiteran en la forma como perciben ese juego de “lo que pasa”, en “metáfora”.

Visitar los trabajos de jóvenes artistas y presenciar la manera como ven el mundo colombiano, no sólo como si fuese un teatro al que asistimos incluso como espectadores indiferentes, sino como protagonistas de una guerra íntima y privada, fue algo que me puso en situación al evidenciar que los sentimientos de los hoy ancianos, son muy similares a los de los artistas jóvenes. Podría decirse que esa pervivencia de las imágenes hace que la mente de un viejo y la mente de un joven se encuentren, porque bien sabemos que la memoria no es una amiga perfecta de los adultos, y que curiosamente habita más en los niños, en los jóvenes y en los ancianos, claro está, no olvidaremos que para los niños la memoria es inconcebible sin la virtud de la vida creativa: el olvido. Una estatua de sal, que sobrepasa una alusión bíblica porque no sólo transmite un olvido de rostro, del cuerpo y de la vida, sino una especie de lucha en contra de la tierra; unos retratos que paulatinamente se desvanecen o evanecen con el acontecer de la genealogía que somos, una cama larga que espera ser habitada desde lo imposible como aquel Nocturno III de Jose Asunción: aquellos rostros caninos que se asoman desde la paradójica situación de “desde el encierro soy más peligroso”, son sólo algunas de las huellas de quienes han transitado por una patria más desmembrada que con miembros y más ausente que presente. En el fondo, pensé en que esa expresión famosa de “las huellas del tiempo” que suele usar la gente cuando se refiere a la piel o a los cuerpos, no es otra cosa que una especie de constelación libertaria, en donde “somos sobre el tiempo” porque con el vivimos en lo abatible, en lo inconmensurable y por supuesto, en lo inevitable. Terminaré esta nota diciendo que en Ararat hay una mujer narradora, que llena sus ojos con lágrimas de ausente-presente, es decir de espectadora, diciendo algo así como: ¿cómo podré volver a ver, después de lo que mis ojos han visto? Podríamos extendernos discutiendo sobre la fatalidad de la guerra en el sentido griego del término, y esto ocurre sencillamente cuando ante una acción valerosa sobreviene la muerte, y estrepitosamente hasta la risa con el absurdo. Y podríamos también volver sobre aquellos que viviendo la guerra nos dicen: ustedes no han visto nada. La pregunta sigue siendo ¿qué significa ver?

[María Cristina Sánchez León]




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